Fútbol por la paz y la reconciliación Bojayá

Organizado por los Líderes de  Paz: Leonel Landon

Supervisado por los coordinadores deportivos: William Jiménez.

Antecedentes: la masacre de Bojayá fue perpetrada por las FARC el 2 de mayo de 2002. Leonel era un niño y sobrevivió a los asesinatos que tuvieron lugar dentro de la iglesia de la ciudad.

Logros de la iniciativa:

El Festival de Fútbol por la Paz atrajo a niños que tienen muy pocas oportunidades de venir al centro de Bojayá, les puede llevar horas caminar y navegar por el río para llegar allí. Algunos nunca han estado allí antes y otros solo cuando están enfermos y tienen que ir al hospital. Otro logro fue que el festival atrajo la atención del sector público y contó con la presencia del Alcalde, 2 miembros del consejo local y la secretaria de deportes que estaban interesados ​​en ver a todas las comunidades unirse a través del poder del hermoso juego.

Número de participantes: 275

Niños atendidos a través del trabajo de entrenadores de paz: 743

LEONEL BLANDO MURILLO

COACH DE PAZ – SUPERVIVIENTE DE BOJAYA MASACRE DE 2002

“Poder participar en el Festival Fútbol por la Paz y la Convivencia 2018 en Medellín, parte del proyecto Reinsertados en Colombia 2018, me ha traído muchos aprendizajes en técnicas de fútbol y el fútbol es una herramienta pedagógica increíble. Usaré estos aprendizajes con niños y jóvenes en mi región. Las mejores técnicas de enseñanza del fútbol fortalecen la relación con mis hijos, estarán más motivados para venir, porque tienen más que aprender y sentirán que avanzan en sus objetivos de fútbol, al mismo tiempo usaré la pelota y todas las actividades para mostrar. A ellos, cada aspecto del fútbol que imprimen en su juego puede llevarse a su vida real. Estoy mejor preparado para ayudarles a alcanzar mejores resultados. Y ahora tendré el honor de traer uno de los 10 festivales locales a Bojaya. Donde vivimos uno de los dramas más crueles del conflicto. Perdí a muchos de mis amigos y familiares el 2 de mayo de 2002 y ahora quiero llevar la felicidad a mi ciudad. Esto nos ayudará a avanzar y perdonar mientras jugamos. Los niños en Bojayá aprenderán mejores técnicas para manejar la pelota y se orientarán hacia los resultados “.

SEGUNDO TIEMPO:

Un cristo de yeso mutilado bajo los escombros de una iglesia, en donde murieron 119 personas, es la imagen que simboliza la masacre de Bojayá, ocurrida el 2 de mayo de 2002. Es la foto que le dio la vuelta al mundo; es la escalofriante escena que nos recuerda que ni bajo el manto de Dios estamos a salvo.

Esa mañana de mayo, Leonel Bedoya, quien a sus 12 años fungía como colaborador del Padre Rogelio Antún  y parte de sus deberes consistían en organizar partidos de fútbol, también se refugió en la iglesia para protegerse de los combates que se venían presentando. Él estaba ahí, cantándole canciones a los niños chiquitos para tranquilizarlos, cuando la guerrilla de las Farc lanzó un cilindro bomba como parte de su ofensiva contra los grupos paramilitares.

La región del Pacífico colombiano se había convertido en ese entonces en un escenario de guerra. Los grupos armados ilegales buscaban apoderarse de las tierras y de las rutas marítimas para establecer territorios de siembra y transporte de cocaína. Casi 100 mil víctimas fatales dejó el conflicto armado solo en esta zona. El 30 por ciento eran civiles. Según cifras del Centro de Memoria Histórica, 550 mil tuvieron que dejar sus tierras.

Leonel no hizo parte de los 49 niños que fallecieron. A él no se le quemaron las piernas como a su primo Leison de 9 años. Ni murió asfixiado como Asdrual de 10. El no murió descalabrado cuando el techo se desplomó como Diana y  Carmelino de 3  y 7 respectivamente.

Él se despertó en un hospital tres días después, confundido, triste, aterrorizado y poco a poco fue entendiendo que ya no volvería a ver a muchos integrantes de su familia. Tampoco a sus amigos.

Los fotógrafos, videógrafos, periodistas, antropólogos, sociólogos y demás que fueron a registrar con sus cámaras lo ocurrido, nunca pensaron en abrir su diafragma. Para qué si un Cristo sin cabeza en una iglesia destruida lo decía todo.

Sin embargo, a unos pocos metros a la derecha de la iglesia estaba la cancha de fútbol. Esa que Leonel tanto extrañaba en su nueva vida lejos de su tierra, pues él, al igual que 740 bojayaceños, tuvieron que dejarlo todo y salir desplazados.

A esa cancha, llevaron los cuerpos mientras llegaba la Cruz Roja. Ahí velaron a los niños que días antes jugaban con temor pero resignados a su suerte. Ahí quedaron sepultados los sueños de Leonel Bedoya quien algún día, mientras entrenaba en ese terreno a orillas del río Atrato, soñó con ser futbolista.

Segundo tiempo

Son  las nueve de la mañana del sábado 17 de noviembre de 2018, han pasado 16 años desde la masacre y el municipio de Bella Vista, en el departamento del Chocó, donde se intenta reconstruir Bojayá, recibe unos ilustres visitantes.

Se trata de 300 niños y niñas que habitan diferentes corregimientos que bordean el río Atrato, quienes han sido invitados a jugar fútbol en el marco del Festival GOL&PAZ, un evento organizado por el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania y la Red Fútbol y Paz que busca utilizar el fútbol como una herramienta para la reconciliación en tiempos de pos guerra en Colombia.

En diferentes pangas llegan niños y niñas que solo salen de sus corregimientos cuando tienen una urgencia médica. Pero esta vez, no hay dolor, solo la ansiedad de un niño que sabe que va a jugar un torneo de fútbol.

En una especie de catarsis, Leonel intenta que se cumplan los sueños de los demás e intenta explicarle a los pequeños futbolistas que en los partidos de este festival no ganará el que meta más goles sino el que se comporte mejor en la cancha. Les dice, con la paciencia empírica de un  pedagogo, que jugarán sin árbitro para que ellos mismos aprendan a resolver sus diferencias. Y les sentencia que cada equipo tendrá que alinear mujeres con el propósito de trabajar la equidad de género.

Leonel esta acá por que sí. Porque le da la gana. Porque simplemente cree que el fútbol puede ayudar a que los niños y las niñas estén mejor y no repitan la historia de terror que a él le tocó vivir.

Quizás por eso desde hace más de 10 años entrena a niños tres veces por semana sin que nadie le pague un centavo. Sin que nadie le de unos uniformes y menos unos refrigerios. Reemplazando la cancha con un pedazo de tierra que se inunda cuando llueve y es un polvero cuando hace sol.

En el marco del proyecto GOL&PAZ, Leonel viajó a Medellín y se capacitó para contar con más herramientas pedagógicas y así trabajar mejor con sus pupilos. Conoció a otros 100 líderes que como él quieren volver a su tierra y transformar el país con una pelota de trapo.

Bajo el húmedo calor de Bojayá, el festival transcurre y poco a poco los niños entienden las reglas de juego: las que hablan de respetar al rival, de incluir a la mujer, de celebrar los goles con baile y alegría.

Y mientras tanto Leonel siente que está comenzando el segundo tiempo. Mientras observa a esos niños a los que la guerra de este país les ha negado su derecho al juego, él siente que llegó la hora de la revancha. Y esta vez no está dispuesto a perder.